La historia del smiley... empezaré a contarla, aunque en otro blog ya la contara pero me he acordado por que viniendo de paseo me he encontrado a una hippie que llevaba una colgada de la chaqueta de cuero y me he acordado de una niña, una gran niña.
Corría una primavera del 2006 cuando iba de Valencia a Silla, me iba a clase tras ver una
mascletá en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia. Iba sentado en el tren, con una mochila que pesaba más que mis hombros y con muchas ganas de llegar para correr en pista de atletismo, ese día tocaba eso y estaba con muchas ganas.
En mi mochila llevaba un pin de un
smiley, famosa figura conocida por todos. Ese pin me lo había comprado por internet a una empresa Californiana por tan solo 50 céntimos, una ganga, más barato que comprándolo en cualquier mercadillo de la misma estación de tren.
Enfrente mía, mientras salía el tren, veo una niña patizamba, con caminares titubeantes dirigiéndose hacia mí. La madre, aunque no lo parecía dada su juventud ya que no sobrepasaba los 25 años, iba 2 pasos más atras sufriendo por una caída mal dada, ya que daba auténtico miedo sus andares.
La niña, se queda mirándome quieta, justo al lado del pasillo y le grita a su madre sin tan siquiera girarse: "aquí, damelo ya!!". La madre se sienta junto a la ventana del tren de cercanías y la hija enfrente mía, con los pies que no tocaban el suelo y se quedaban colgando de ese cuerpo de apenas 6 años; una niña rubia como un ángel y de una mirada penetrante que aun me acuerdo, la típica niña que despierta sonrisas a su alrededor en el sexo femenino y algunas, en el masculino.
La niña se estaba comiendo un sandwich de pavo y no paraba de mirar mi pin amarillo con la cara del smiley dibujada. También he de decir que era bastante llamativo, pero la cara de la niña expresaba una total atención hacia esa cara, como si le estuviera diciendo algo, como si captara su atención de una manera magnética.
Ni corta ni perezosa me mira fijamente y sin acabarse de tragar la bola de sandwich que se le había hecho dentro de esos mofletes sonrojados, señalándome la chapita, me dice: "¿Me lo das, por favor?"
Miré a la madre de inmediato, la cual me levantó los hombros y esbozando una sonrisa cómplice entendí que hiciera lo que quisiese.
Antes de inclinarme hacia ella comprobé que todo el vagón estaba mirándola con cara padres y madres orgullosos, aunque ninguno la conocía.
Le dije: "Bueno... te lo voy a dar pero sólo si te acabas el sandwich antes de que llegues a la parada y me dices que es esta cara, por que seguro que no sabes lo que es".
La niña se quedó atónita, cogió una pizca de sandwich que su madre ya tenía en la mano y me dijo que no lo sabía, que era un niño feliz. Me reí, como su madre, ya que la niña era imposible que lo supiera.
- Mira, esta chapita de metal es un símbolo. Yo me lo compré por que me contaron la historia de ésta chapita. Resulta que un diseñador la creó para una empresa que les hacía falta que sus trabajadores estuvieran contentos. Entonces el diseñador, un chico que dibuja cosas, hizo esta carita y los que estaban en esa empresa sonrieron todos durante años, ya que la llevaban puesta. Después ya se hizo famosa, llevándola millones de personas. Tu sabes cuanta gente hay en España?
La niña tampoco sabía esa información, pero si de ese viaje aprendía algo, me daría más que satisfecho por que de no ser así y girarse la tortilla, me iba a dar un viaje de 15 minutos de perros, con lloros y salpicadas de babas y sandwich a mis pantalones.
- Pues hay 40 millones de personas, que puestas en fila india como en el cole son muuuuchas personas. Pues el Smiley, que así se llama esta chapita, la llevaron cuando tu mamá nació 50 millones de personas, que son muchas, créeme. Fue algo que recuerda todo el mundo, fue una época donde toda la gente era feliz en los años 70 y 80, cuando no había tele como hay hoy en día ni llevan las consolas que tienes tu. No había nada, solo una carita feliz de colores que la gente al verla en otra persona sonreía.
La criaja, que me miraba con cara atónita pero comprendiendo bien lo que decía, me espetó: "Pero... esa carita la se dibujar yo".
Y le digo: "Si, pero la carita no es lo complicado, lo complicado es que al verla tu puedas sonreir, por que aunque estés triste, lo estés pasando mal o un nene del cole te haya dicho algo que no te gusta, tu al verla tienes que sonreir y ser amable, y si te la doy y la llevas puesta me tienes que prometer que así tiene que ser siempre".
A la madre se le caía la baba con la niña, para que decirlo, a ella, a mí y a medio vagón mirándole esos grandes ojos atentos a lo que yo le contaba, que para ella era totalmente nuevo y asombroso, algo idílico como su edad y su visión terrenal lo requería.
- Pero... me la vas a dar o no? Prometo que siempre estaré riéndome. Además, mi mamá dice que siempre te tienes que reir de todo.
Yo ya no sabía como reaccionar, le hubiera dado la chapita hace rato, la mochila y hasta un boli para que dibujara, pero me gustaba su forma de razonar. Tenía mucha expresividad y alegría.
Le dije: "Mira, te la voy a dar pero como ya se el tren que cojes, cuando te vuelva a ver si no te la veo puesta o no veo que estás sonriendo me la tendrás que dar, por que llevarla puesta significan muchos años de esfuerzo y gente que no ha podido sonreir para que tu la puedas llevar.
Y me dice: Mira, cuando me vuelvas a ver lleva otra chapita, así cuando te vea yo tendré que sonreir y tu también, por que si me la das tu estarás triste... Si quieres, yo no llevo ninguna chapita, pero traere una mañana y así te la puedo dar. No es de reirse, pero me gusta mucho.
Solo pude decir: Mira, toma por que te la has ganado con creces.
Su madre me miró con los ojos vidriosos, la cogió susurrándome un agradecimiento que me encantó y mientras se la ponía en el pecho me dijo, en un tono elevado y con gran entonación para que la niña escuchara, que no era un juguete. Tenía que llevarla siempre y estar siempre sonriendo porque en la vida lloraríamos muchas veces y que valía la pena reirse antes que llorar.
Noté que alegré con un trozo de metal más a la madre, que no paraba de esbozar una sonrisa emocionada que a la niña, la cual no volvía a ver.
Tras ponerle la chapa tuve que bajar en la parada, pero cuando me andaba girando para irme hacia la puerta de salida escuché claramente: "Me puedes dar un beso, extraño?".
A esa niña la hubiera metido en la bolsa, me la hubiera llevado a un hospital oncológico y hubiera alegrado a toda la planta, estoy seguro. No se si es realmente la magia del smiley, no se si con un puzzle o cualquier otro objeto hubiera pasado semejantes 15 minutos, pero los recuerdo muy claramente y fue una sensación placentera. Esa niña probablemente lloraría en muy poco tiempo, como hacen todos los niños, pero seguro que mientras lloraba miraría la chapa y estoy seguro, segurísimo, que intentaría esbozar una sonrisa, por que el smiley lo quiere así y es la condición para llevarlo. Gran niña, gran tarde....